María Teresa Abusleme Lama es socióloga de la Pontificia Universidad Católica de Chile, magíster en Política y Gobierno, máster en Gerontología y Atención Centrada en la Persona, y doctora en Ciencias Sociales. Cuenta con más de 20 años de experiencia en el diseño, implementación y evaluación de políticas, planes y programas sociales, especialmente en envejecimiento, vejez, discapacidad, dependencia, demencia, salud mental y cuidados. Ha trabajado en instituciones públicas, académicas y de la sociedad civil, destacando su labor en el Servicio Nacional del Adulto Mayor, su participación en el diseño e implementación del Plan Nacional de Demencias, y su trayectoria docente e investigadora.

María Teresa Abusleme recupera la voz de personas mayores para derribar el estigma que vincula soledad con enfermedad y vejez con dependencia. En su tesis doctoral, “El sol de la edad: narraciones de personas mayores sobre la soledad como concepto polisémico en Santiago de Chile”*, la socióloga aborda la soledad como un fenómeno social, relacional y biográfico. A partir de esta metáfora, la entrevistada revela cómo puede transformarse en un territorio de conquista y emancipación, especialmente para las mujeres.

La investigación cualitativa, biográfica y dialógica tuvo como propósito central comprender cómo las personas mayores construyen y representan la soledad a lo largo de sus cursos de vida. El estudio ofrece una ruptura epistemológica con la gerontología biomédica tradicional y sitúa la soledad como un hecho social complejo, atravesado por variables de género, clase y trayectoria vital. Mediante 32 entrevistas en profundidad a un grupo de mujeres y hombres de entre 60 y 92 años, segmentado por nivel socioeconómico y condición de convivencia, logró identificar que la soledad es un concepto polisémico y ambivalente. 

En su tesis, Abusleme Lama se posiciona de manera crítica frente a las narrativas que patologizan la soledad, como la conocida metáfora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que la equipara al consumo de 15 cigarrillos diarios.

Pregunta: ¿Cuál es el riesgo de este enfoque?

Respuesta: El riesgo fundamental radica en la patologización de aspectos que son constitutivos del ser humano. La soledad es una dimensión inherente a la existencia; ontológicamente, morimos y estamos solos. Verla exclusiva o prioritariamente como una enfermedad es una simplificación que profundiza la estigmatización tanto de la vejez como de la soledad misma. Al medicalizar la soledad, la convertimos en un síntoma de enfermedad, invisibilizando su carácter de hecho social estructural. Entendiendo la soledad configurada tanto por la estructura social como por la biografía del sujeto, superando los enfoques exclusivamente psicologizantes que sitúan el «problema» solo en el individuo.

Pregunta: En este enfoque, ¿realizas la distinción entre soledad no deseada y deseada?

Respuesta: No, no hago esa distinción porque creo que hay que mirarla de forma mucho más polisémica que solo «deseo o no deseo». La soledad presenta múltiples significados. Durkheim estudió el suicidio como hecho social; yo estudio la soledad como hecho social. 

La soledad tiene historia. Antes, era constitutiva; las personas requerían replegarse en sus casas para tener fuerza antes de salir a la sociedad. Hoy tenemos esta autonomía versus la necesidad humana de reconocimiento social y relaciones afectivas. La soledad es un fenómeno estructural vinculado a una especie de anomia y a la transformación del vínculo colectivo. Nos cuesta hacer comunidad. Existe una tensión entre la autonomía y la pertenencia. El ser autónomo y creer que solo tú puedes salir adelante lleva a una angustia existencial presente en todos los grupos etarios. Algunos estudios dicen que las personas mayores son quienes más sufren la soledad. Otros dicen que son los jóvenes. Por eso, mi tesis propone entender la soledad como un hecho social vinculado a la fragmentación social y la anomia de la modernidad capitalista. Mi propuesta es entenderla como una experiencia racional polisémica configurada por la estructura social y biográfica, superando enfoques patologizantes. De hecho, en mi investigación con personas autovalentes, descubrí que ellos no ven la soledad necesariamente como una patología, aunque la representación social de la palabra les asuste inicialmente. Es importante hacer notar que no entrevisté a personas con dependencia, quienes podrían presentar otras realidades.

Pregunta: ¿Con ningún grado de dependencia? ¿Por qué?

Respuesta: Ninguno. Entrevisté a mujeres y hombres que viven en hogares unipersonales, y a mujeres y hombres que viven con compañía. Realicé 32 entrevistas en profundidad para capturar la riqueza de los testimonios. Geográficamente, trabajé en comunas de Santiago de Chile con distintos niveles de ingresos, basado en el índice de desarrollo humano, para garantizar una representatividad de niveles socioeconómicos alto, medio y bajo. El criterio de autovalencia estricta -sin ningún grado de dependencia- fue indispensable porque la política pública y la representación social tienden a fundir «vejez» con «dependencia». Al entrevistar a sujetos autovalentes, pude observar que ellos no perciben la soledad como una enfermedad. Existe una brecha entre la representación social negativa de la soledad -que genera temor inicial- y la vivencia cotidiana, donde muchos sujetos declaran vivir plenamente su autonomía. Aunque hay quienes ven la soledad como algo negativo, existe una representación social de la soledad como «terrible», similar a la vejez, pero cuando indagas, te das cuenta de que viven muy bien solos. 

Pregunta: Uno de los puntos más destacados de tu trabajo es la distinción de género. ¿Cómo viven la soledad hombres y mujeres? ¿Podría profundizar en el concepto de «soledad como agencia» en las mujeres versus la «vulnerabilidad futura» en los hombres?

Respuesta: Este es uno de los ejes centrales. Las mujeres solas suelen resignificar la soledad como un espacio de emancipación y autonomía. Para ellas, la soledad es una conquista frente a trayectorias vitales marcadas por el cuidado de otros; es una soledad elegida y reflexiva que les permite decidir sobre su tiempo y actividades sin dependencia jerárquica. De hecho, la metáfora «El Sol de la Edad», que da nombre a mi investigación y que busca hacer un juego de palabras, proviene de una entrevistada que asocia su trayectoria y soledad actual con un estado de mayor felicidad y resolución interna. Muchas identifican estos sentires a partir de la viudez como un espacio de duelo, de transición, pero que también les habilita la autonomía y el empoderamiento. En el caso de los hombres hay una ruptura, un vacío dado muchas veces por las separaciones, por el divorcio que los enfrenta a asumir su independencia, su soledad, y gestionarla. 

Pregunta: Tú propones un modelo de análisis basado en cuatro cuadrantes simbólicos donde se cruzan la vida, la muerte, la soledad y la compañía. ¿Cómo se posicionan los sujetos en este mapa existencial?

Respuesta: Los cuadrantes permiten mapear la movilidad del sentimiento de soledad.

  1. Vida y soledad: se asocia a la autonomía, la libertad y el crecimiento personal («El Sol de la Edad»).
  2. Vida y compañía: donde la familia opera como motor y se manifiesta un envejecimiento saludable y activo con propósito.
  3. Muerte y compañía: un estado de trascendencia y paz, donde se acepta la finitud. Aquí aparece la metáfora del barco en un mar que a veces se pone bravo.
  4. Muerte y soledad: es el cuadrante más negativo, vinculado al vacío, la tristeza y el sentimiento de ser una carga o un «extranjero en la propia casa».

Es notable que los hombres suelen situarse más frecuentemente en este último cuadrante o en el de dependencia del soporte familiar, mientras que las mujeres muestran una mayor capacidad de transitar hacia la soledad como libertad y autonomía. 

«Estos ejes configuran cuatro espacios de sentido o cuadrantes semánticos no estáticos, que permiten visualizar cómo las personas mayores posicionan su experiencia según perciban su vejez, ya sea más orientada hacia la vida o hacia la finitud, y según se sientan en compañía o en soledad», explica María Teresa Abusleme.

El estudio revela que la soledad no es un estado estático, sino un fenómeno relacional, cambiante, dinámico, que puede manifestarse como una capacidad de agencia o como angustia existencial, dependiendo de la trayectoria de vida. La invisibilización de esta heterogeneidad es fruto del edadismo, que reduce la vejez a un bloque homogéneo de pérdida.

Pregunta: Un hallazgo disruptivo de su tesis es el análisis de las metáforas. ¿Qué nos revela el lenguaje sobre la resiliencia y el edadismo?

Respuesta: El análisis metafórico emergió de forma orgánica y fue lo más original de la investigación.

  • Mujeres solas: utilizan metáforas bélicas («soy un soldado herido», «doy la batalla») que indican una apropiación de códigos de fortaleza para describir su resiliencia. También usan metáforas naturales y lumínicas (crepúsculo, oler a pasto) y escénicas (la vida como teatro de sabiduría).
  • Hombres solos: sus metáforas son de encierro y cosificación («me estoy encartonando») o de vacío del alma. Ven la dependencia no como una etapa, sino como un cautiverio.
  • Mujeres acompañadas: aparece la «soledad en compañía», a veces descrita mediante el humor coloquial para desdramatizar la falta de agencia o la sobrea agencia dentro del hogar.
  • Hombres acompañados: predomina un discurso biomédico donde la soledad se describe como una «contaminación» o enfermedad que debe evitarse a través de las redes familiares.

Las mujeres recurren a metáforas mucho más profundas y ahí tenemos, como mencioné, algo super positivo, como es el sol de la edad. Eso en los hombres no aparece. Las mujeres identifican la soledad en compañía, que muchas sostienen que es peor que estar sola. Y aquí volvemos a lo polisémico. Un sentido de la soledad también la asocia con un sentimiento. Yo puedo estar con mucha gente y sentirme sola y puedo estar sola y que ese estado no me resulte negativo o triste. Asimismo, se observa una transformación de roles: las mujeres buscan agencia y poder de decisión (atributos tradicionalmente masculinizados), mientras que los hombres, al enfrentar la vejez, buscan soporte afectivo y emocional (tradicionalmente feminizado). Esta fluidez desafía las políticas públicas estáticas que no consideran estas transiciones de género en el curso de vida. 

Pregunta: Al respecto, ¿las personas entrevistadas identificaron algún tipo de acción o política pública que le pedirían al Estado?

Respuesta: Es un buen punto, pero no pregunté eso directamente. Lo que sí te puedo decir es que las personas requieren que se las considere desde su sentido vital, sus actividades significativas, no solo desde el envejecimiento saludable y ejercicios preventivos, sino mirar la vejez desde otra perspectiva. Creo que hay que pensar la política pública desde una integralidad, no todas las personas necesitan lo mismo. Eso requiere de profesionales capacitados, que trabajen desde los marcos teóricos que hoy día se requieren, precisamente porque vivimos en un contexto de individualidad, no vivimos en un contexto de comunidad. Hay nuevas formas de soledad aún en la era de la conexión, de la conectividad, como muchos hablan. 

De todas maneras, identifico también un problema estructural. En la mayoría de los organismos públicos vinculados a las personas mayores, entre el 70% y 80% del presupuesto se destina a la dependencia. Si bien esto atiende a quienes están en mayor situación de vulnerabilidad, también refuerza la representación social de que «vejez es igual a enfermedad». Necesitamos transitar hacia una Atención Centrada en la Persona (ACP), donde se escuche al sujeto antes de imponer una oferta pública estandarizada. Implementar esto no es más caro; es más eficiente porque permite entregar soluciones acotadas y precisas, evitando la duplicación de esfuerzos. 

Pregunta: ¿Cuál es tu propuesta para Iberoamérica?

Respuesta: Debemos mirar nuestras propias potencialidades, nuestras zonas azules, donde el envejecimiento se integra con la actividad manual, la plasticidad cerebral y el sentido de comunidad. Mi deseo siempre ha sido algo que es bastante básico: escuchar a las personas mayores, dejemos de hablar sobre las personas mayores en congresos de expertos y empecemos a escucharlas directamente. 

Debemos desmantelar el edadismo institucionalizado y promover políticas que reconozcan la agencia, la diversidad de género y el derecho a una soledad autónoma y digna. Como plantea Javier Yanguas en España: no se puede trabajar la soledad con quien no desea participar activamente en su propio proceso. La soledad no es una pandemia médica, sino un síntoma de una sociedad que debe reaprender a vincularse desde el respeto a la singularidad de cada trayectoria vital.

* Abusleme Lama, María Teresa (2025). El sol de la edad: narraciones de personas mayores sobre la soledad como concepto polisémico en Santiago de Chile. Tesis de Doctorado. FLACSO. Sede Académica Argentina, Buenos Aires.

 * Nota publicada en el Boletín 35, «La soledad: estrategias nacionales para su abordaje» del PICSPAM.